Contexto: Una aproximación al tema que nos interpela

La era de la sociedad de la información y el conocimiento nos atraviesa colectiva e individualmente. Estamos transitando esta época de manera vertiginosa, donde varias generaciones coexisten, conscientes de que el mundo ha cambiado de forma imparable desde el impacto global de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (NTIC) en la sociedad.

Este cambio comenzó con la creación del protocolo TCP/IP1 de la mano de Jon Postel, Steve Crocker y Vinton Cerf, y continuó con la diseminación de los nombres y números de dominio a partir de 1991, durante las presidencias de George H. W. Bush2 y William Jefferson Clinton3. Fueron ellos quienes encargaron la globalización de internet a la IANA (https://www.iana.org/) bajo el liderazgo del mismo Jon Postel.

Con la masificación de internet, tras la creación del primer navegador web por Tim Berners Lee4  a partir de su investigación en el CERN (La Organización Europea para la Investigación Nuclear - https://home.cern/about) y del cierre de ARPANET5, se abre al mundo un nuevo paradigma, quizás cumpliéndose la profecía que realizara Bill Gates6 años antes y que cambiaría radicalmente nuestra interacción con el mundo:


"Cuando Paul Allen y yo fundamos Microsoft, teníamos un objetivo ambicioso: poner una computadora en cada escritorio y en cada hogar" 7


Hoy sería impensable nuestra vida cotidiana sin una interacción permanente y sistemática con computadoras, ya sea en formato móvil, de escritorio o portátil. En este escenario, el ser humano ha tenido la posibilidad de acortar distancias, aumentar la capacidad de procesamiento de información y de cálculo, con posibilidades extraordinarias para maximizar la producción de contenido, trabajo y capital. Sin embargo, también se han profundizado las inequidades sociales, potenciado las brechas entre ricos y pobres, y aumentado el desequilibrio de poder.

Todo esto ha estado acompañado de una magnífica teorización sobre la sociedad de la información y el conocimiento, que ha seguido de cerca esta revolución política, científica y tecnológica. Esta teorización permite traducir el proceso histórico del pensamiento moderno: la posibilidad de impulsar aquello que, siglos atrás, cubría la religión, luego la política y, finalmente, la ciencia: explicar y normar el mundo.

El impacto de la inteligencia artificial generativa no queda rezagado en este escenario de desarrollo. Por el contrario, añade más interrogantes y debates a la hora de discutir a qué aspiramos, en términos concretos, respecto a lo que la IA y las TIC en general pueden aportar a nuestra sociedad y al ámbito democrático. Este ámbito se preserva bajo el alero de valores basados en la república y su división de poderes, todo ello enmarcado en viejas consignas aún vigentes: libertad, igualdad y fraternidad.

El tema que nos ocupa nos invita a pensar y discutir de manera crítica uno de los pilares más claros y agudos del debate ideológico de la tecnopolítica: el voto electrónico. Para quienes provienen del campo de la política y la tecnología, es natural discutir sobre temas que no son tan claros en el debate democrático, con resultados no siempre favorables. Las tecnologías distan mucho de ser neutrales, y su uso en procesos que deben ser precisamente neutrales y transparentes suele traer consigo procedimientos opacos y sesgados.
Existen discusiones sobre el control de estos avances científicos y técnicos, especialmente a partir de la irrupción de la inteligencia artificial. ¿Están estos avances al servicio de la sociedad en general o sólo buscan generar mayor riqueza y poder de control en manos de unos pocos?

Es posible que lo anterior sea la razón por la cual el voto electrónico, que ha penetrado en los debates sociales y en grandes sectores de la población como una especie de resguardo tecno-moral del sistema democrático, genere, al mismo tiempo, una profunda y permanente desconfianza entre especialistas en software, seguridad informática, ciudadanos comunes, activistas políticos de distintos marcos ideológicos y ámbitos de incumbencia. Todos ellos piensan en democracias duraderas, transparentes y confiables.

“El sistema electoral debe ser a prueba de todas las
posibilidades, pero esto es imposible con una computadora”
Richard M. Stallman

Resumen

El debate sobre el e-gobierno o gobierno digital, y su estrecha relación con el e-voto o voto electrónico, interpela a una amplia gama de actores: desde decisores de políticas públicas, activistas digitales y defensores de derechos humanos, hasta profesionales del derecho, tecnopolíticos y entusiastas con ideologías diversas. Las implicancias de este debate exigen que se analicen de manera clara y detallada los pros y contras de un sistema electoral que pone en jaque al sistema democrático tradicional, al proponer un cambio radical en las urnas y en las lógicas de auditoría y transparencia.
Este trabajo tiene como objetivo analizar las experiencias de voto electrónico en el mundo, revisar su viabilidad y aportar una mirada crítica sobre los recaudos que deben tenerse en cuenta al debatir este tema.

Introducción

La implementación de avances tecnológicos en los procesos electorales siempre conlleva desafíos significativos, los cuales exigen una reflexión cuidadosa y una planificación detallada. Entre estas innovaciones, el voto electrónico (también conocido como e-voto) se destaca como una de las más complejas de llevar a cabo, ya que impacta directamente en aspectos fundamentales del sistema electoral, como la emisión y el conteo de los votos.
Este sistema reduce considerablemente la intervención humana directa en estas etapas, lo que, por un lado, ofrece la posibilidad de solucionar problemas tradicionales asociados a los comicios pero, por otro, introduce una serie de nuevos retos y preocupaciones. Debido a esto, el voto electrónico tiende a generar un mayor grado de escepticismo, rechazo y debate en comparación con otras aplicaciones tecnológicas utilizadas en el ámbito electoral.
Actualmente en el mundo hay 195 países reconocidos, pero solo un puñado (11) han implementado el voto electrónico. Esta cifra refleja una desventaja comparativa significativa y no despreciable desde la perspectiva de aquellos países que han optado por sistemas electorales tradicionales, con auditorías clave realizadas cuidadosamente por ciudadanos dedicados a la tarea de fiscalización electoral.
El gran debate radica en si es ventajosa o desventajosa la implementación de este sistema a nivel nacional, especialmente considerando que todo sistema de votación electrónico debe garantizar el respeto de un principio fundamental: el voto debe ser universal, libre, igual, secreto y directo.

A qué llamamos Voto Electrónico

En los últimos años, se ha teorizado y debatido ampliamente sobre el voto electrónico. Existen diversas maneras de definirlo, así como múltiples formas de implementarlo. En este contexto, es importante proporcionar algunas definiciones que permitan un acercamiento al tema.

Una definición amplia podría ser la siguiente:
Es el conjunto de acciones realizadas por la autoridad electoral, el elector y los funcionarios de casilla destinadas a emitir su sufragio, efectuar el cómputo de la votación y transmitir los resultados electorales a través de medios informáticos8.
Por su parte, el Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral (IDEA) define el voto electrónico como un “sistema donde el registro, la emisión o el conteo de los votos en elecciones políticas y referéndums utiliza tecnologías de información y comunicación”9.

Beatriz Busaniche y Federico Heinz, de Fundación Vía Libre (https://www.vialibre.org.ar/), lo definen en un sentido amplio y en uno estricto:
En un sentido amplio, se considera voto electrónico a la incorporación de recursos informáticos en cualquier parte del proceso electoral, ya sea en el registro de ciudadanos, la confección de mapas de distrito, la logística electoral, el ejercicio del voto en sí mismo, el escrutinio y la transmisión de resultados. Sin embargo, en esta introducción, vamos a considerar estrictamente dos de las áreas del sufragio: la emisión del voto en sí misma y el recuento de votos.

En un sentido estricto denominaremos voto electrónico a los mecanismos diseñados para emitir y contar los sufragios en un único acto, a través de algún sistema informático instalado y en funcionamiento en el lugar mismo donde el elector concurra a expresar su voluntad política10.

Estas definiciones nos ayudan a introducirnos en el concepto de voto electrónico y a comprender su alcance. Sin duda, la primera conclusión que podemos extraer es que el voto electrónico consiste en un sistema digitalizado diseñado para la emisión y el conteo de votos en las diferentes mesas electorales. Este mecanismo permite a los ciudadanos ejercer su derecho a elegir a sus representantes mediante el uso directo de dispositivos electrónicos facilitando un recuento automatizado de los sufragios.

Como lo plantean María Angélica Gelli y Marcelo Leiras en el “Informe sobre la relevancia de la creación de un Componente de Administración y Justicia Electoral”:
Votar electrónicamente implica, emitir el voto a través de medios electrónicos tales como una computadora, una urna electrónica con teclado y/o pantalla.
Implica eliminar el paso que media entre la materialización de la voluntad del votante y el registro de esa voluntad mediante nuevos procedimientos tecnológicos11.
El voto electrónico incluye una variedad de modalidades, lo que en ciertos casos posibilita que los electores emitan su voto desde sus hogares, desde el extranjero o a través de máquinas dispuestas en los centros de votación. En este sentido, es posible afirmar que existen sistemas de votación identificados que ofrecen un abanico de opciones para su implementación, adaptándose a las necesidades y contextos específicos de cada proceso electoral.
Podemos organizar estos sistemas en tres grupos:

a) Sistemas de votación a través de Internet

Estos sistemas permiten a los votantes emitir su voto desde cualquier lugar utilizando dispositivos conectados a Internet. Aunque facilitan la participación, enfrentan desafíos significativos en términos de seguridad, autenticación del votante y protección del anonimato. La identificación del votante es crucial para evitar fraudes, pero también puede comprometer la privacidad del voto.

b) Sistemas de registro electrónico directo como los sistemas denominados kioscos de votación o urnas electrónicas; (RED)

Conocidos como "Kioscos" o "Urnas Electrónicas", estos sistemas permiten que el votante registre y valide su voto directamente en un dispositivo electrónico, como una pantalla táctil. El voto se almacena digitalmente, eliminando la necesidad de boletas de papel. Aunque ofrecen eficiencia y rapidez, presentan preocupaciones sobre la seguridad, el anonimato del voto y la posibilidad de manipulación electrónica.

c) Sistemas de recuento automático

Estos sistemas, que datan del siglo XIX, utilizan tecnologías como el reconocimiento óptico de marcas en boletas para contar los votos. Mantienen el principio de anonimato del voto al registrar la intención del elector en un papel, lo que permite auditorías manuales para verificar los resultados. Sin embargo, enfrentan desafíos como la posibilidad de manipulación de boletas y la necesidad de auditorías rigurosas para garantizar la integridad del proceso.

Como podemos observar en esta aproximación a los sistemas de votación propuestos, todos, sin excepción, presentan problemas relacionados con puntos focales como auditorías, transparencia, anonimato, el posible quiebre del secreto del voto, seguridad e integridad del proceso electoral.
En 2017, Richard Matthew Stallman12 visitó Argentina, y dio una conferencia en la ciudad de Santa Fe, en una entrevista13 al Periódico Pausa (https://www.pausa.com.ar/), al ser preguntado sobre si los sistemas de voto electrónico cuidan la seguridad y la privacidad de los votantes, expresó lo siguiente:

"Nunca es posible confiar racionalmente en una computadora para las elecciones. Porque siempre hay alguien —y quizás muchos— que pueden cambiar el programa y, de este modo, realizar fraude electoral, y quizás fraude masivo, porque es tan fácil cambiar 1000 votos como cambiar un solo voto en las computadoras. El mismo método funcionará para quizás un millón de votos.
Si la computadora cuenta los votos, si los votantes votan directamente en la computadora, no hay manera de saber si los totales finales son correctos o no, no hay forma de contar de nuevo. Entonces, el país está a la merced de quien tenga el control del programa en las máquinas.
Es posible pedir que expertos estudien el programa antes de la elección, pero ¿cómo saber que el programa que corre para contar los votos sea idéntico al programa que habrán estudiado? No es posible, siempre hay alguna entidad con el poder de cambiar el programa, no hay manera de evitarlo.
Entonces, usar una computadora para aceptar los votos es una invitación al fraude. No se debe usar.
Las máquinas para contar votos en papel pueden ser confiables si, en la práctica, es posible contar los papeles de nuevo, pero en los Estados Unidos siempre han resistido intentos de hacerlo, y no hemos logrado recuentos en los casos importantes. Entonces, no se deben usar las máquinas. Las máquinas para contar votos en papel son aceptables si podemos contar de nuevo cuando sea necesario.
Un problema es que, con una computadora, un gran fraude es tan fácil como un pequeño fraude, pero las leyes dicen que es fácil contar de nuevo si la diferencia de totales es pequeña. Con fraude digital, sin embargo, se puede producir una gran diferencia por fraude, y luego es difícil conseguir que se recuenten de nuevo…"

Las palabras de Stallman nos invitan a repensar la necesidad de incorporar un nuevo sistema electoral cuando éste está tan cuestionado, especialmente en cuanto a auditorías, seguridad y las posibles vulnerabilidades que podrían abrir puertas al fraude electoral, debido al control de las máquinas y sus programas.
Es necesario preguntarse cuán urgente es modificar el sistema electoral, cuáles son las ventajas del sistema de voto electrónico frente al sistema tradicional de voto con boleta de papel físico, y qué efectos podría tener el voto electrónico en nuestras vidas y en nuestros derechos soberanos.

En resumen, cada sistema de votación electrónica ofrece ventajas en términos de eficiencia y accesibilidad, pero también presenta desafíos relacionados con la seguridad, el anonimato y la integridad del proceso electoral. Es esencial implementar medidas de seguridad robustas y auditorías rigurosas para garantizar la confianza en los resultados electorales.

El E-Voto, riesgos y virtudes.


En el contexto del debate sobre la viabilidad del voto electrónico en las elecciones nacionales en Argentina, es importante realizar un análisis sintético de las virtudes y los riesgos de este sistema.

Ventajas o virtudes del voto electrónico: Desventajas o riesgos del voto electrónico:
  • Disminución de costos
  • Procesos con poca o nula auditoría
  • Agilidad en la obtención de resultados
  • No garantiza que problemas sociales, como las prácticas clientelares, sean solucionados con tecnología
  • Transparencia en tiempo real
  •  No garantiza la rapidez del proceso electoral
  • Confiabilidad de los actores
  • El uso de urnas electrónicas pone en duda la reducción de costos
  • Reducción del consumo de papel y menor impacto ambiental
  • Socava la participación ciudadana
  • Permitiría sortear presuntas prácticas clientelares
  • Promueve el lobby empresarial y genera mayor desconfianza en la toma de decisiones y en el proceso electoral en sí

 

El voto electrónico en el mundo

El mundo está compuesto por 195 países reconocidos, cada uno con su propia identidad, reflejada en su cultura, historia y organización social y política. Según el seguimiento realizado por el Departamento de Seguridad del Gobierno Vasco (https://www.euskadi.eus/gobierno-vasco/departamento-seguridad/inicio/), solo once países al día de hoy están implementando el voto electrónico: Bélgica, Brasil, Bulgaria, EEUU, Emiratos Árabes Unidos, Estonia, Georgia, Filipínas, India, Paraguay y Venezuela14.

La misma fuente brinda la información que en dieciocho países se encuentran en estudio o implantación parcial: Argentina, Australia, Canadá, Colombia, Ecuador, El Salvador, Francia, Guatemala, Irak, Italia, Japón, México, Mongolia, Namibia, Panamá, Perú, Rusia, Suiza15.
En ese mismo informe emitido por el departamento de Seguridad del Gobierno Vasco, surge que siete países está prohibido la utilización del voto electrónico:
Alemania, Finlandia, Irlanda, Kazajistán, Noruega, Países Bajos, Reino Unido16.

El análisis de los procesos de cada uno de estos países, desde una perspectiva regional y particular, requiere un estudio profundo de los contextos históricos, políticos y culturales que dificultan abordar los casos en su totalidad. Sin embargo, es posible realizar un acercamiento a algunos casos puntuales que marcan tendencias en los debates globales sobre la utilización de este sistema.

Experiencias con el voto electrónico en Europa

Alemania
El país inició su camino hacia la automatización electoral en 2005, cuando implementó urnas electrónicas en las elecciones parlamentarias. Sin embargo, en 2009, el Tribunal Constitucional declaró este sistema inválido por violar principios democráticos: al requerir conocimientos técnicos para auditar el proceso, se limitaba la transparencia exigida por la ley17.
Finlandia
Tras aprobar un marco legal para el voto digital en 2006, se realizó una prueba en tres municipios durante los comicios de 2008. No obstante, fallos en la usabilidad llevaron a anular los resultados. En 2016, un grupo de trabajo analizó su viabilidad, pero concluyó que la tecnología disponible no garantizaba ni el secreto del voto ni la verificabilidad, desaconsejando su uso en elecciones generales.
Irlanda
La legislación se adaptó en 2000 para incluir sistemas electrónicos, y en 2002 se probó un dispositivo con pantalla táctil en distritos de Dublín. Una comisión independiente reveló en 2004 vulnerabilidades en la seguridad, lo que, sumado a los altos costos y la preferencia ciudadana por el método tradicional, llevó al abandono definitivo del proyecto en 2012, incluyendo la eliminación de 7.500 máquinas obsoletas18.
Noruega
Pionero en experimentación, Oslo probó lectores ópticos en 1993. Entre 2011 y 2013, se permitió el voto por Internet en elecciones locales y parlamentarias, aunque manteniendo el voto en papel como opción prioritaria. A pesar de estos esfuerzos, la baja participación y las disputas políticas llevaron al gobierno a suspender los ensayos en 2014.
Países Bajos
Líder histórico en la materia, este país legalizó el voto electrónico en 1965. No obstante, en 2006, investigadores expusieron fallos críticos en el sistema, lo que derivó en un regreso al voto físico en 200812. La medida se reforzó en 2017, cuando, ante los riesgos de ciberataques, se adoptó un escrutinio manual e incluso se comunicaron los resultados por teléfono.
13. Reino Unido
Entre 2002 y 2007, se ejecutaron más de treinta pilotos con diversas tecnologías. Sin embargo, en 2008, la Comisión Electoral determinó que las garantías de seguridad eran insuficientes, lo que llevó a la suspensión indefinida de su implementación18.

Implementación en Asia:
Kazajistán
El país centroasiático exploró el voto electrónico desde 200414, utilizando el sistema Sailau en elecciones parlamentarias y distritales. No obstante, en 2007, expertos cuestionaron su fiabilidad y, para 2011, las sospechas de fraude llevaron a la Comisión Electoral a retirarlo oficialmente.
 

El voto electrónico en Argentina: Un recorrido federal fragmentado

Por su estructura federal, Argentina presenta un escenario heterogéneo en materia electoral, donde cada provincia ha adoptado marcos normativos diferenciados para la implementación tecnológica. Hasta la fecha, ocho jurisdicciones han regulado sistemas de votación electrónica, aunque con resultados dispares.

Etapas clave de implementación
Desde 2003, la provincia de Buenos Aires se destacó como precursora al sancionar la Ley 13.08215, que autorizaba el uso de urnas digitales. Se optó por el modelo DRE (Direct Recording Electronic)16, basado en terminales que transmitían datos mediante redes públicas. Paralelamente, Ushuaia (Tierra del Fuego) realizó un ensayo vinculante con dispositivos similares.
Estas experiencias incentivaron proyectos piloto en Chaco, Mendoza y otras provincias, aunque sin un criterio unificado. Un hito relevante ocurrió en 2011, cuando Salta permitió que el 33 % de su padrón emitiera sufragios mediante pantallas táctiles. Este sistema generaba un comprobante físico con chip, verificado mediante escáner antes de depositarse en urnas convencionales. Para 2013, la provincia escaló la tecnología al 100 % de sus mesas19.

Desafíos técnicos y controversias
Los avances no estuvieron exentos de obstáculos. En las Primarias de 2015, Salta desplegó 2.800 máquinas para 937.124 votantes, pero enfrentó reclamos por fallas técnicas, reemplazos no auditados e impresiones ilegibles. Ese mismo año, Buenos Aires realizó un simulacro en 820 escuelas para capacitar a 300.000 electores, previo a las elecciones generales20.
A nivel nacional, un intento por unificar criterios mediante la Ley de Boleta Única Electrónica (2016)19 fue aprobado en Diputados pero rechazado en el Senado, frenando su adopción federal. Este escepticismo se reforzó en 2017, cuando un informe del CONICET20 –solicitado por el Ministerio del Interior– advirtió riesgos técnicos y recomendó posponer su implementación a mediano plazo.

Retrocesos recientes
La tensión culminó tras las elecciones PASO de 2023 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde las críticas por improvisación en el proceso electrónico llevaron a las autoridades a retornar al voto tradicional para los comicios generales de octubre de ese año.

Conclusión, Voto electrónico y participación ciudadana. Desafíos en la auditoría democrática

La crisis de legitimidad que atraviesan las democracias contemporáneas ha impulsado la búsqueda de soluciones tecnológicas para revitalizar la participación electoral. No obstante, la implementación de sistemas electrónicos –presentada como sinónimo de modernidad– plantea paradojas que profundizan, en lugar de resolver, la desconfianza ciudadana.

Exclusiones encubiertas bajo la promesa de inclusión
Contrario al discurso progresista, la automatización del sufragio genera barreras de acceso selectivas:
Brecha generacional y socioeconómica: Los adultos mayores, las personas con discapacidad visual o aquellas con un bajo nivel educativo podrían enfrentar dificultades técnicas inexistentes en el voto tradicional.
Sobrecarga cognitiva: Mientras el sistema actual requiere habilidades básicas (seleccionar boletas y depositarlas), el voto electrónico exige competencias digitales que no son universales. Este fenómeno crea una doble ciudadanía electoral: quienes dominan la tecnología participan plenamente; quienes no, quedan relegados a una democracia de segunda clase.
Opacidad técnica y pérdida de control ciudadano
El núcleo del problema reside en la transferencia de la soberanía electoral desde la sociedad hacia élites técnicas:
Auditoría inaccesible: Docentes, fiscales partidarios y ciudadanos comunes –pilares de la transparencia en el modelo actual– carecen de herramientas para verificar sistemas basados en código binario.
Dependencia de expertos: Ingenieros y especialistas en ciberseguridad han admitido limitaciones para certificar la integridad de estos sistemas, dado que ningún método formal garantiza su invulnerabilidad.
La consecuencia es una democracia por proxy, donde la ciudadanía debe confiar ciegamente en decisiones técnicas que no puede cuestionar.

Riesgos sistémicos y asimetrías de impacto
A diferencia de los errores localizados en mesas tradicionales (cuya anulación afecta los resultados marginalmente), un fallo en el software electoral podría alterar millones de votos simultáneamente. Esta escalabilidad de los riesgos convierte cada vulnerabilidad técnica en una amenaza macropolítica.

Privatización del acto electoral: El factor corporativo
La externalización tecnológica introduce nuevos actores con intereses opacos:
Conflictos de interés: Casos como ES&S en EE.UU.21 –vinculada a figuras republicanas– evidencian cómo las empresas proveedoras podrían influir en los resultados electorales.
Opacidad empresarial: La ausencia de mecanismos públicos para auditar la composición accionaria o las alianzas estratégicas de estas compañías genera incertidumbre sobre su verdadera independencia.
Al delegar un proceso constitucional a entes privados, se mercantiliza un derecho fundamental, sustituyendo la fiscalización colectiva por contratos confidenciales.

Conclusión: Hacia una discusión informada
La implementación acrítica de tecnología electoral no solo fracasa en atraer votantes desencantados, sino que también erosiona pilares democráticos básicos: transparencia verificable, igualdad de acceso y control ciudadano. Es fundamental priorizar un debate riguroso sobre estos riesgos antes de adoptar sistemas que, bajo una fachada de innovación, podrían vaciar de contenido sustantivo al acto de votar.
El voto electrónico no contribuye al fortalecimiento del sistema democrático ni a la transición de una democracia formal a una democracia participativa. Por el contrario, genera brechas entre quienes ostentan el control del sistema electoral y el resto de la ciudadanía, favoreciendo dinámicas de lobby empresarial, político y mediático. Esto desvía el foco del debate democrático hacia cuestiones secundarias, como la rapidez en la difusión de los resultados electorales o la puesta en duda de procesos que, hasta el día de hoy, no han presentado problemas significativos en nuestra democracia.


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